04 abril 2021

Una historia ha de tener la extensión que requiera, ni más ni menos.

    Vivimos una época en que parece preferirse la lectura al peso; cuanto más gordo sea el libro, mejor. Esto es aplicable a otros ámbitos, como que una película dure tres o cuatro horas. Una trilogía requiere un gran compromiso por parte del que comienza a sumergirse en ella, no digamos una heptalogía...

    Sé que son preciosos al verlos en la estantería, pero también requieren una dedicación que reduce la diversidad de autores, géneros y narraciones. La variedad enriquece.

    Aunque un lomo de varios centímetros sea lo apropiado en un buen número de ocasiones, a veces da la impresión de que el editor ha recomendado una extensión al creador, o que él mismo sabe cuánto atrae actualmente. Me encuentro con relatos de novecientas páginas que podrían haber sido contados en seiscientas. Hay gente que necesita que le describan como el protagonista remueve la cucharilla en la taza de café para dar credibilidad a determinada secuencia de hechos, y eso está bien si crea ambiente o lo hace de un modo especial que marca aspectos de su personalidad o del tiempo, pero no siempre es así. Tampoco es práctico resumir con frecuencia lo que acaba de suceder unas pocas páginas antes como si el público no se enterase de lo acontecido o estuviese distraído.

    Grandes obras como Drácula, Frankenstein, El retrato de Dorian Gray, El perfume, El guardián entre el centeno y un enorme número de maravillas de la escritura rondan las trescientas páginas, por no mencionar a Poe o Lovecraft y sus cortas extensiones. Aunque Sherlock Holmes, Poirot y semejantes tienen un montón de páginas a su nombre, son muchas narraciones relativamente breves que se pueden leer de forma independiente y seguir con la siguiente en función de la voluntad. En serio, no es positivo que un texto duplique su extensión para que sea mejor considerado en los estantes de las librerías. El mismo autor hace cosas gloriosas al dejarse guiar por el criterio propio en lugar de regirse por otros asuntos.

    Como persona que lee a diario, me llama la atención cuando alguien dice que tiene bloqueo lector y resulta que está leyendo una heptalogía de mil páginas cada tomo, más o menos. El camino que falta por recorrer puede desmotivar o hacer que el ritmo personal incremente artificialmente sin detenerse a pensar. Uno debe disfrutar de la experiencia para que sea profunda y pueda sentir las emociones o descubrir capas de interpretación por debajo de la superficie, evitando correr por hastío, incluso aunque el objetivo sea el entretenimiento puro y duro. En esos casos, siempre recomiendo lo mismo: cambiar de autor, género y extensión. Ya se retomará la otra si llega el momento adecuado.

    La mayoría de las personas descubren gran placer en llegar al final de forma natural, sin plantearse cuánto les queda, pasando a otra época o estilo a continuación, o no, si así lo eligen. Está bien que haya muchos títulos de un mismo personaje, y se dé cierta continuidad, pero no siempre es agradable que después de ochocientas páginas nos dejen a medias para que nos veamos obligados a continuar. Es una negación de la recompensa vital de terminar con la obra. Es factible que haya ganchos sueltos, líneas argumentales que sigan más adelante, incluso es muy recomendable y lógico, pero existe un punto apropiado en el que dejar o pausar las cosas; los cliffhanger son recursos para publicaciones cortas periódicas o entre capítulos. Sienta muy bien poder decidir si seguir o no cuando uno llega al final del volumen y lo cierra. La satisfacción de acabar con algo forma parte del juego, y no es mayor después de una situación forzada en la que se avanza casi por obligación con uno mismo, para no tener la sensación de haber perdido el tiempo.

    Tras una larga jornada, en la que quizá no todo ha salido bien, el ocio debería ser algo apetecible, no un compromiso autoimpuesto.

    En ciertas ocasiones, las dosis pequeñas crean hábito, y la duración prolongada cansa.

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